Lenguas y pueblos



Sopla una brisa leve, casi sutil, cuando el columnista, viajero por riojanas tierras, se asoma al valle de San Millán desde la arcada mozárabe del sencillo pórtico, de empedrado suelo de cantos trabados con argamasa, del pequeño monasterio de Suso, es decir, “de arriba”, Patrimonio de la Humanidad junto con su posterior y más crecido hermano de Yuso o “de abajo”. Y en tanto deja que la vista recorra la profusa vegetación del paraje, la Sierra de la Cogolla por telón de fondo – a sus pies las tumbas de los siete Infantes de Lara, a su espalda las de las reinas Toda, Elvira y Jimena de Navarra - no puede dejar de evocar, hombre, cual es, de letras, cómo fue en el scriptorium de este mismo recinto de eremítico origen en el que ahora se halla, donde, allá por la segunda mitad del siglo XI, alguien – estudiante de latín cual afirman éstos o monje predicador cual aventuran aquéllos, uno o varios, en todo caso presumiblemente bilingüe/s vascorrománico/s – al glosar los textos en latín de lo que hoy conocemos como el Códice Emilianense 60, dejó escritas en el pergamino de origen animal de sus páginas las primeras frases en castellano y en euskera de las que hay constancia. Y al hacerlo no puede dejar de cavilar asimismo en la irracional conducta de quienes, tantos años después, desalmados y desnortados, emplean la más absurda y asesina, a más de inútil, violencia en aras de la separación de pueblos tan unidos desde los singulares pero compartidos orígenes de sus lenguas.









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