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Mostrando entradas de septiembre, 2009

En la playa

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Lleva ya rato contemplando, desde el pedregal previo a la arena, el extendido plano plomizo del mar jugando a confundirse en su final con el asimismo plúmbeo horizonte. El ronco-chirriante acorde del roce de las olas en los cantos que arrastran por la orilla con el rítmico runrún de su propio tabaleo sobre ella, pone una inesperadamente eufónica banda sonora a la estampa, bañada por el también tan paradójicamente luminoso gris de casi lluvia con que, ya de primera hora, quiso hoy vestirse la mañana. A su izquierda, saltando el reguero de la desembocadura del río, sobre el pedrero oeste de la concha de la playa, se perfila, antecediendo al cortado, el no muy alto estrato de arenisca donde otras veces, a otra luz y otra disposición de ánimo, rastreara el pasado a través de las icnitas, de las fosilizadas huellas de los terópodos que un día – los homínidos aún nada más que una incierta posibilidad en el futuro – deambularon por el paraje, en tanto que a su derecha, es directamente el v…

"Someter las palabras"

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“Es ambición hermosa someter las palabras”… Acababa el columnista de regresar a su casa tras un fin de semana entre amigos pleno de calma y, precisamente, de poesía, cuando, cual puñalada a traición, le llegaba la noticia: Diego Jesús Jiménez - esa misma mañana su nombre había saltado en la animada conversación entre colegas - había fallecido pocas horas antes. Y de inmediato, a la par que tantas imágenes – el Diego Jesús de su primera entrevista, allá por principios de los ochenta, medio varado por entonces en el silencio, editor de cómics en facsímil; el de repente recuperado para el palmarés nacional a golpe de galardón firmante de Bajorrelieve; el Diego Jesús ora preocupado director de las Semanas Poéticas en la UIMP ora, a su lado siempre Társila, generoso anfitrión en Priego; el Diego Jesús pintor, enamorado del rasgo y la materia … - acudieron a su memoria los versos iniciales de ese poema, “El lingüista”, que quizá, desde que lo escribiera, antes aún de que, incluido en su …

El bar

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En los pedidos mandan aún los cafés, los bollos a la plancha y las tostadas en convivencia con un que otro carajillo, tal cual copa de aguardiente o algún pincho de tortilla con botellín. Vacía ya su taza y cumplido el primer vistazo al periódico, el columnista alza la mirada y de inmediato constata, cual en anteriores ocasiones, la variopinta mezcolanza de la clientela: el ejecutivo de mediana edad, su atención compartida entre el móvil y la electrónica agenda; los obreros que en tanto comentan con entusiasmo el último triunfo de “la roja” atacan con entusiasmo sus bocatas; las empleadas de la contigua peluquería, su charla salpicada de gorjeantes risas; el vigilante nocturno ya de retirada; la pareja de, el heterogéneo amasijo de su desvencijado carrito bien lo prueba, sin techo; la viejecilla de dos portales más allá, a la que, vaya por Dios, se le muriera el pasado invierno el perrillo que tantas veces aguardara, fiel, a la puerta del establecimiento a que ella terminara de beber…

¿Utopía?

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Abrió definitivamente la mañana y con el sol llegó el inicio de la faena. Cincuenta pares de manos, en su inmensa mayoría jóvenes, convocadas por la solidaridad y la creencia en la posibilidad de un mundo y una vida diferentes y - baza mayor - por la personal puesta en práctica de tal idea, se aprestan a recoger la escanda (la espelta) que otrora algunos de sus compañeros sembraran en el prado contiguo a esta asturiana aldea – adosados al muro de alguna de sus casas hay carteles que hablan de agricultura ecológica o de actividades de grupos de autoconsumo – que, primorosa, se acurruca entre los verdes pliegues del valle. Saltan las primeras risas mezcladas con los consejos a quienes (la voluntad se supone, la pericia no tanto) van de novatos, en tanto a la sombra del extendido toldo echan su sonoro cuarto a espadas gaita y pandero, bajo la alargada panera otros dedos se afanan en picar y trocear los ingredientes para el previsto comunitario almuerzo y un poco más allá alguien deja …