Testimonio


Se lo habían contado. Lo había leído. Lo había constatado en las fotografías de diarios y revistas y en tal cual reportaje televisivo, pero no fue sino hasta el pasado domingo cuando, al contemplarlo con sus propios ojos, fue plenamente consciente del milagro. Del milagro, sí, porque, ¿qué otro calificativo darle al portentoso hecho de una naturaleza, esta vez clemente, acudiendo, volcada en lluvias, a salvar in extremis a unas Tablas de Daimiel, las propias entrañas en imparable hoguera, de la extinción a la que, de la mano de la meteorología parecía haberles condenado nuestra insensatez? Un milagro confirmado en la gozosa realidad de las aguas lamiendo el borde mismo de las pasarelas que por ellas despliegan su invitante red de itinerarios desde los que asomarse a la belleza de esa garza recién posada en la rama, o al calmo chapoteo de ese pato colorao a la busca de alimento cabe la maraña del carrizo y de la anea. Milagro del que quien esto firma quiere dejar hoy y aquí personal testimonio aunque la inquietante visión de los artilugios de riego que aún alzan su amenazante silueta en los límites mismos del parque le lleve a añadir la amarga coletilla interrogante de si por fin seremos capaces de poner remedio a unos errores de los que no cabe confiar que venga siempre a salvarnos mamá Fortuna.
Publicado en Columna Cinco del Grupo El Día el martes 30 de marzo de 2010. Foto JAG

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