Un agrio sabor de boca



Un grito de rabia. Un aquí estamos a caballo, a la par, de la utopía y de la desesperanza. Pero también, vaya que sí, la cruda denuncia del no hacer y del mirar para otro lado del universo mundo, por supuesto, pero especialmente de quienes un día fuimos colonial potencia en vergonzoso abandono, el rabo entre las piernas, de nuestras responsabilidades. Sí; las siete mil jaimas alzadas por los saharauis en Agdaym Izik son, además de la pancarta en lona y carne de sus reivindicaciones a quienes rigen los destinos del reino alauí, el recordatorio de lo que hicimos entonces y de lo que no hemos, después, hecho, por más que de tanto en tanto paliemos nuestra mala conciencia acogiendo en verano a un puñado de chiquillos de sus asentamientos en Tinduf o facturándoles gafas, alimentos u ordenadores usados a esos sus guetos en el argelino exilio. Aún, tanto, tantísimo tiempo después, recuerda el columnista cómo en sus oposiciones al que acabaría siendo su primer destino como periodista – 1975, Díos mío, más de treinta y cinco años ya – hubo de redactar una crónica sobre la misión de la ONU que en esos momentos andaba de visiteo por nuestro país, el territorio, Marruecos, Argelia y Mauritania, buscando como encauzar un proceso mil veces luego parado, cambiado, cambalacheado, y aún hoy en el mismísimo limbo de lo nunca realizado… Y aunque sabe que bien podría aplicar la tan usada cidiana sentencia para eximir al vasallo de los desafueros de su señor, o el también tan socorrido así han sido y son las cosas, no hemos podido hacer nada, la verdad es que el cómo se ha desarrollado todo no deja de revolverle el estómago y volcarle en la garganta un agrio, intenso mal sabor de alma y de boca.
Publicado en Columna Cinco, grupo El Día el martes 2 de noviembre de 2010. Foto de El País, tomada en internet

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