
Aún, aún le salta de gozo al columnista el corazón en el pecho tras las recientes expulsiones propinadas por sus pueblos a los dictadores de Túnez y de Egipto - plaza Tahir de todas las esperanzas, que no se malogren tus anhelos – igual que, los hechos se lo han venido a recordar, lo hiciera, con fraternal pero rabiosa envidia, aquel abril del 74 del pasado siglo en que a los fusiles del ejército portugués les brotaron, Grândola, vila morena, claveles de futuro, dándoles a sus conciudadanos lo que a nosotros sólo nos daría, aunque no fuera tanto después, el paso del tiempo - menos mal que, ya que no habíamos sido capaces de la mayor, supimos aprovechar con cierta inteligencia la menor – o le brincaría, quince años después, la noche en que el Muro dejó de serlo iniciando el derrumbe del castillo de naipes de todo el telón de acero y paliando así las en su día sentidas amarguras del aplastamiento soviético de la revolución húngara del 56 o del fin de los seis meses del sueño de la “primavera de Praga” en aquel 68 de todas las utopías. Y por eso, dando de lado su habitual escepticismo, no duda en escribir, becquerianamente, que hoy cree; que hoy cree en el ser humano aunque su país se empeñe, Dios nos valga, en dar “bonos” de estima – ¡ay, intereses, cuántas bajezas se cometen por vuestra culpa! – a gente como Obiang a quien ojalá, más pronto que tarde, el guineano pueblo confunda.
Publicado en Columna Cinco, Grupo El Día, el martes 15 de febrero de 2011. Foto tomada de internet

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