A pesar de la en verdad que enorme concurrencia de visitantes - casi ni se puede circular por el recinto - y de las vaya si molestas grabaciones pluri-idiomáticas que, junto con los estentóreos llamamientos a pleno pulmón de los vigilantes, recuerdan a cada poco la por otro lado bien poco obedecida prohibición de sacar fotografías y exigen un nunca conseguido silencio, anda que no disfruta el columnista de su reencuentro con la gloriosa realidad de los frescos a los que Miguel Ángel diera vida en la bóveda y en el muro frontal de la Capilla Sixtina y de cuya belleza - dando gracias a la fortuna por haberle permitido asentar sus posaderas en el banco a una de sus paredes adosado – no tarda, olvidándose de todo lo demás, en embeberse, impagable presente de una Roma que a pesar de haberle recibido con la ululante bofetada de un viento tan helado que desdice en las carnes la a priori bastante más bonancible promesa del termómetro (será eso que tanto se dice de la sensación térmica) y de la avería sufrida nada más llegar por su cámara, ya le regalara el día anterior el poder perderse por el seductor laberinto de ese Trastévere donde esta vez ha tenido la suerte de aposentarse, y que aún le otorgará, seguro, nuevos presentes para posteriores jornadas, incluido el poder estampar su firma en una de las mesas callejeras en las que se pide la dimisión de Berlusconi. Una Roma, vieja sibila generosa y socarrona, cual siempre entre las huellas del esplendor de su pasado y la caótica realidad de su presente repanchingada.

Publicada en Columna Cinco, Grupo El Día, el martes 1 de marzo de 2011

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