Cuenca y el diseño

 

José María Yturralde con Jordi Teixidor y Antonio Garrote en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, enero de 2020 Foto cortesía de Antonio Garrote 

Es casi un tópico que cuando de Cuenca se habla en el mundo de la cultura, en especial si de artes plásticas se trata, se acuda de inmediato al binomio referencial ciudad-hacer pictórico, respondiendo a una imagen de nuestra capital que se empezó a gestar con la ubicación en  las Casas Colgadas del Museo de Arte Abstracto para seguidamente ir afianzándose tanto con el hacer en ella y desde ella de los artistas que propiciaron ese su establecimiento –Fernando Zóbel, Gustavo Torner, Gerardo Rueda– y cuya coincidencia en su planteamiento del hecho pictórico, la denominada vertiente lírica de la abstracción, les iba con el tiempo a adscribirles el descriptivo epíteto colectivo de  Grupo de Cuenca, como los de tantos otros creadores plásticos, unos más cercanos a ese hacer, otros claramente disidentes de él, pero que por la propia invitación por ellos propiciada se hicieron presencia continuada en nuestro acontecer, creando una imagen a la que luego irían asimismo contribuyendo la aparición de otras instituciones como, por citar quizá la más emblemática, la Fundación Antonio Pérez. No se presta sin embargo generalmente demasiada atención al hecho realmente insólito de que tres de los más grandes nombres del diseño gráfico contemporáneo de nuestro país sean, precisamente, paisanos nuestros. No se le presta esa atención no ya entre el general del mundillo artístico sino ni siquiera, por lo que nos toca, entre nosotros, pese a que parecería lógico que sí lo hiciéramos aunque nada más fuera por el propio comunal orgullo que nos debería propiciar tal coincidencia de origen. Y sin embargo ahí están y de tanto en tanto la propia agenda artística nacional nos los viene a recordar con cada nuevo logro o galardón por ellos alcanzado,  el más reciente el Premio Nacional de Artes Plásticas que el correspondiente jurado ha otorgado días atrás a José María Yturralde –especialmente unido en el comienzo de su carrera precisamente al Museo de Arte Abstracto, como siempre ha recordado– por, según sus integrantes, “su trayectoria con un alto nivel de experimentalidad, que ha conectado arte y ciencia, y en la que destaca su labor de investigación espacial y formal y su tarea docente en el campo de la investigación de los parámetros matemáticos, junto a los artísticos”. Un galardón, que aparte de venir a unirse a los que ya ornaban su carrera, nos trae de inmediato a la conciencia, por asociación, las a su vez espléndidas trayectorias de nuestros igualmente paisanos José María Cruz Novillo al que quizá más atención, menos mal, hemos prestado por estos lares dando su nombre a la Escuela de Arte– y  Roberto Turégano, un trío de  maestros del diseño gráfico español al que habría que añadir asimismo, vayamos ya a por el cuarteto, nombres más jóvenes como el del también, claro que sí, conquense, Jesús Caballero. Quizá por ello habría que lamentar de nuevo, y mucho, la desaparición en 2011 del Centro de Diseño de Castilla La Mancha que, creado nueve años antes bajo el patrocinio de la Junta de Comunidades de Castilla, la Diputación y el Ayuntamiento conquenses, la Universidad regional y la Confederación regional de Empresarios, funcionó en nuestra ciudad, dirigido por Miguel Ángel Mila. ¿No sería buena idea plantearse su recuperación? 

Artículo publicado en Las Noticias de Cuenca edición impresa del 20 de noviembre de 2020 y digital https://www.lasnoticiasdecuenca.es/opinion/cuenca-diseno-1419

    




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