Ese otro

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La verdad es que se había levantado medio dormido y seguía sin acabar de despertarse del todo pese a una ducha cuyo vapor empañó tanto el espejo del baño que, al no haberlo, perezoso, enjugado, le llevó a afeitarse prácticamente al tacto, dejándole la extraña sensación de haberlo hecho en barba ajena. No era raro por tanto ni que la leche la hubiera retirado del fuego tan tibia para su gusto ni que, por contra, la tostada se le hubiera medio quemado, ni que hubiera tenido que reacomodar debidamente el talón del retorcido calcetín al de su pie, ni que, por dos veces, hubiera vuelto al dormitorio a por su portafolio antes de recordar que ya en su primer desplazamiento por el pasillo lo había dejado sobre la consola. Mal sorbió el café y mordisqueó apenas la parte menos dañada del pan con el sonsonete de fondo de un informativo radiofónico a cuyo contenido, al revés que de costumbre, no prestó la más mínima atención. Sumido aún en una vaga sensación de semi-sonambulismo, se puso la chaqueta y, tras constatar a través de la ventana la realidad de una mañana especialmente gris, asió la reencontrada cartera y abriendo la puerta de la casa salió al descansillo. Y aunque, mientras cerraba tras de sí, le pareció escuchar el apagado son de un imposible ronquido, no fue sino al enfrentarse, un instante después, a la luna del ascensor, cuando comprendió que en realidad seguía aún dormido en su cama en tanto que quien en ese instante veía reflejada su imagen no era sino ese otro extranjero y desconocido yo que todos llevamos dentro.
Publicado en Columna Cinco, Grupo El Día, el martes 8 de diciembre de 2009. Foto tomada de internet.

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