Barcelona, domingo, marzo


La humanidad entera se diría que se pasea, a esta hora del mediodía de este domingo final de un marzo tan plagado de desventuras y desasosiegos - seca ya por el sol toda huella de la leve lluvia con que se despertara el día - el barretinado sambódromo de las Ramblas desde la plaza de Catalunya hasta el puerto, bon dia señor Colón, entre la oferta de los puestos de flores, los quioscos de revistas y periódicos y las casetas de las pajarerías, y ante las terrazas donde los guiris se abrochan sus paellas de imitación entre trago y trago de typical sangría, deteniéndose tan sólo ahora aquí, luego allá, para echarle el ojo o la instantánea - ¿se siguen llamando así en esta era de lo digital? - al variopinto soy no soy de las humanas estatuas de los mimos callejeros, más profesionalmente hieráticos unos que otros, la verdad sea dicha, o para colar cabeza en las aberturas ad hoc de las acartonadas reproducciones preparadas para que desde su ferial guiño simulen fingidas identidades no tan distintas quizá de tantas como, qué demonios, nos vestimos cada día. Sí, se diría que la humanidad entera se pasea hoy, ahora, por estas Ramblas vueltas su social sinécdoque y a cuyo vario, plural y abigarrado desfile no duda en incorporarse el columnista para saborear los últimos momentos de una nueva estancia, también esta vez, ¡ay!, demasiado corta, en esta ciudad que tan atinadamente apelara como “de los Prodigios” Eduardo Mendoza en su espléndida novela, y a la que sospecha que acabará dedicando – he aquí la fehaciente prueba - su próxima semanal entrega.

Publicada en Columna Cinco, Grupo El Día, el martes 29 de marzo de 2011. Foto tomada de internet

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