Pequeñas canalladas


Todos lo comprobamos cada día: en esa papelera recién colocada arrancada de su soporte, en ese banco al que ya troncharon tres o cuatro de sus listones, en ese foco dejado inservible por una pedrada, en el retrovisor que cuelga descuajaringado junto a la ventanilla de aquel automóvil o en esa mismísima señal de tráfico que, arrancada de cuajo, yace de lado sobre la acera… Son las pequeñas pero por desgracia relativamente frecuentes demostraciones de la tendencia del bicho humano, al menos de algunos de sus ejemplares, a hacer el daño por el daño. Y aunque bien consciente es - no tiene más que mirarse dentro y ser sincero consigo mismo – de que cualquiera puede ser capaz en cualquier momento de cualquier barbaridad si las circunstancias lo propician (y siempre rogó que no tuviera que someterse a tal prueba), al columnista no acaba de entrarle en la cabeza qué placer encuentran en ello sus autores. De lo que sí está seguro es de que tales acciones no dejan de ser canalladas por más que a alguno pueda sonarle duro el calificativo. Quizá – siempre fue benevolente - sean pequeñas canalladas pero, qué demonio, canalladas al fin y al cabo; y no puede dejar de pensar, tentándose la ropa, si bastantes de quienes ayer u hoy las cometieron o cometen, no andarán lejos de, en cualquier momento, brincar el adjetivo y cometer cualquier otra fechoría de mayor calado.

Publicado en Columna Cinco, Grupo El Día, el martes 12 de abril de 2011. Foto tomada de internet.

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